Por: Alma Cárdenas
Hay historias que comienzan sin que un niño tenga la posibilidad de elegirlas.
Un bebé llega al mundo y, en lugar de encontrar los brazos de una madre y un padre esperándolo, comienza su vida enfrentando una ausencia que no provocó y de la que tampoco es responsable.
Algunos niños quedan huérfanos porque sus padres fallecieron.
Otros son abandonados.
Algunos llegan a instituciones porque sus padres no pudieron hacerse cargo de ellos por diferentes circunstancias.
Y también existen pequeños que nacen en medio de situaciones de pobreza, violencia, adicciones o desintegración familiar.
Pero hay algo que todos tienen en común:
ninguno de ellos tiene la culpa.
Un niño no debería pagar las consecuencias de las decisiones de los adultos.
Y, sin embargo, hay pequeños que pasan una parte importante de su infancia creciendo dentro de una institución, viendo cómo otros niños encuentran una familia mientras ellos esperan que algún día alguien los elija.
Porque cuando pensamos en adopción, muchas veces imaginamos a un bebé recién nacido.
Un pequeño de meses.
Un niño muy pequeño.
Pero ¿qué ocurre con el niño de cinco, ocho, diez o doce años?
¿Acaso deja de necesitar una familia porque creció?
¿Deja de necesitar amor porque ya aprendió a cuidarse solo?
¿Deja de tener derecho a sentirse hijo porque lleva más tiempo esperando?
La realidad es que, conforme pasan los años, las posibilidades de adopción pueden hacerse más difíciles.
Y mientras tanto, el niño crece.
Aprende.
Hace amigos.
Va a la escuela.
Cumple años.
Celebra algunos acontecimientos sin tener necesariamente a alguien que lo espere en casa con ese amor especial que solamente una familia puede ofrecer.
Puede recibir cuidados, educación, alimentación y atención dentro de una institución.
Pero una institución, por buena que sea, no sustituye necesariamente la experiencia de sentirse parte de una familia.
Un niño necesita saber que pertenece a algún lugar.
Que alguien conoce sus gustos.
Que alguien se preocupa cuando está enfermo.
Que alguien celebra sus logros.
Que alguien está ahí cuando tiene miedo.
Que alguien puede decirle:
“Estoy orgulloso de ti.”
Eso también alimenta.
Eso también forma.
Eso también construye autoestima.
Por eso necesitamos hablar de la adopción con mayor sensibilidad.
No como si estuviéramos haciendo un favor.
Adoptar no es rescatar a un niño para sentirnos buenas personas.
Es asumir la responsabilidad de acompañarlo, protegerlo, educarlo y amarlo.
Es aceptar su historia, incluso aquella parte que no conocemos.
Es comprender que quizá llegará con heridas emocionales, miedos, inseguridades o dificultades para confiar.
Y entonces tendremos que tener paciencia.
Mucha paciencia.
Porque un niño que ha sido abandonado puede necesitar tiempo para creer que esta vez alguien realmente se quedará.
Por supuesto, los procesos de adopción necesitan requisitos y evaluaciones.
No se trata de entregar a un menor a cualquier persona.
Los filtros son necesarios porque el interés superior del niño debe estar por encima de todo.
Pero también debemos preguntarnos si nuestros sistemas están logrando encontrar el equilibrio entre proteger al menor y evitar que los procesos sean tan largos o complicados que los niños terminen pasando años institucionalizados.
Porque mientras los adultos llenamos documentos, esperamos evaluaciones y cumplimos procedimientos, el niño sigue creciendo.
Y la infancia no espera.
El cumpleaños llega.
La escuela avanza.
Los años pasan.
Y llega un momento en que ese pequeño que alguna vez pudo haber sido adoptado como bebé se convierte en un adolescente que todavía sueña con tener una familia.
No podemos permitir que la edad de un niño determine cuánto amor merece recibir.
Tampoco debemos pensar que una familia tiene que ser perfecta.
Ninguna lo es.
Lo importante es que exista amor responsable, estabilidad, respeto, protección y disposición para acompañar al menor en su desarrollo.
Hay familias con muchos recursos económicos y otras con menos.
La riqueza material puede facilitar ciertas condiciones, pero no compra lo más importante.
Un niño necesita sentirse querido.
Necesita seguridad.
Necesita límites.
Necesita oportunidades.
Necesita alguien que crea en él.
Y qué hermoso sería que más personas entendieran que adoptar a un niño mayor también puede transformar una vida.
No solamente la del pequeño.
También la de la familia que lo recibe.
Porque un hijo no llega únicamente para recibir.
También llega para enseñar.
Para transformar.
Para llenar espacios.
Para construir recuerdos.
Para convertir una casa en un hogar.
Y no debemos olvidar algo que muchas veces pasa desapercibido: los niños que crecieron en instituciones también pueden llegar muy lejos.
Muchos logran convertirse en profesionistas, trabajadores, emprendedores, artistas, padres y ciudadanos valiosos.
La falta de una familia al comienzo de su vida no determina necesariamente quiénes serán.
Pero ¿cuántos más podrían desarrollar plenamente sus capacidades si hubieran contado con una red familiar sólida desde pequeños?
Tal vez alguno de esos niños que hoy espera detrás de una puerta podría convertirse mañana en un gran médico, maestro, ingeniero, escritor, empresario o simplemente en un adulto feliz y responsable.
No necesitamos saber qué profesión tendrá.
Necesitamos darle la oportunidad de descubrirlo.
Y quizá esta reflexión también sea para quienes alguna vez han pensado en adoptar, pero solamente imaginan recibir a un bebé.
Miren más allá de los primeros años.
Un niño de seis, ocho o diez años también necesita una familia.
Un adolescente también necesita que alguien crea en él.
No llegamos tarde para amar a un niño.
Nunca es demasiado tarde para construir un vínculo.
La orfandad no debería ser una sentencia.
El abandono no debería determinar el destino.
Y haber comenzado la vida con carencias no significa que una persona tenga que vivir toda su existencia sintiéndose carente de amor.
Hay niños esperando una oportunidad.
No una vida perfecta.
No una familia perfecta.
Simplemente una familia que tenga la voluntad de decir:
“Ven, aquí tienes un lugar. Aquí perteneces.”
Porque quizá uno de los actos más grandes de amor sea abrir las puertas de nuestro hogar a un niño que no tuvo la oportunidad de elegir dónde comenzar su vida y darle aquello que nunca debió faltarle: amor, protección, educación y la certeza de que su existencia importa.
Porque ningún niño debería crecer preguntándose por qué nadie lo eligió, cuando lo que realmente necesita saber es que alguien está dispuesto a caminar a su lado… ¿no cree usted?