Por: Alma Cárdenas
La honradez no aparece de un día para otro.
Se aprende en casa, con el ejemplo, con las palabras y también con esos pequeños momentos en los que los adultos debemos decidir si corregimos o dejamos pasar una conducta que, aunque parezca insignificante, puede convertirse en un hábito.
Los padres, los abuelos y quienes tienen bajo su responsabilidad la educación de un niño tienen una tarea enorme: enseñar desde los primeros años que lo que no nos pertenece, no debemos tomarlo.
Porque puede comenzar con algo aparentemente inocente.
Un niño que, a escondidas, toma un pan que no le ofrecieron.
Un juguete que pertenece a otro pequeño.
Una moneda que encuentra y decide guardar sin preguntar de quién es.
Un objeto que le gusta y que simplemente toma porque piensa: “Nadie se dará cuenta”.
Y aquí es donde aparece la responsabilidad del adulto.
No se trata de humillar al niño ni de hacerlo sentir como una mala persona.
Se trata de enseñarle.
Preguntarle:
“¿Eso es tuyo?”
Si la respuesta es no, entonces hay que explicar por qué debe devolverlo.
Porque cuando una conducta incorrecta se permite una y otra vez, el niño puede comenzar a verla como algo normal.
Y aquello que hoy parece pequeño puede crecer con él.
La educación en la honradez no consiste solamente en decirle a un hijo: “No robes”.
Consiste en enseñarle a respetar lo ajeno, a decir la verdad, a devolver lo que encuentra, a cumplir su palabra, a reconocer sus errores y a entender que las consecuencias existen.
Pero, sobre todo, consiste en que vea coherencia en los adultos.
¿De qué sirve decirle a un niño que no debe mentir si escucha a sus padres hacerlo constantemente?
¿Cómo explicarle que debe respetar lo ajeno si observa que un adulto se queda con algo que no le corresponde?
Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan.
Por eso la honradez también se enseña con el ejemplo.
Hay padres que, por evitar un conflicto, dicen:
“Déjalo, es solo un dulce”.
“Es solo una moneda”.
“Es un juguete pequeño”.
“No pasa nada, nadie se dio cuenta”.
Pero sí pasa algo.
El niño está aprendiendo.
Está descubriendo cuáles son los límites y qué ocurre cuando los cruza.
Por eso corregir a tiempo es una forma de amar.
No significa castigar de manera desproporcionada ni etiquetar al niño como “ladrón”. Significa ayudarlo a comprender que una acción tiene consecuencias y que siempre existe la posibilidad de reparar el error.
Si tomó algo que no era suyo, debe devolverlo.
Si mintió, debe aprender a decir la verdad.
Si dañó algo, debe asumir la responsabilidad y, cuando sea posible, repararlo.
Así comienza a construirse una conciencia que lo acompañará durante toda su vida.
Porque llegará el momento en que papá y mamá ya no estarán detrás de él para decirle qué está bien y qué está mal.
Será entonces cuando sus valores tendrán que hablar por él.
La vida adulta está llena de tentaciones.
Dinero que no nos pertenece.
Objetos que encontramos.
Negocios en los que alguien podría aprovecharse.
Documentos que podemos alterar.
Situaciones en las que nadie descubriría una mentira.
Y es precisamente en esos momentos cuando la honradez deja de ser una palabra bonita y se convierte en una decisión.
La persona honrada no hace lo correcto solamente porque alguien la está observando.
Lo hace porque sabe quién quiere ser.
Y eso es precisamente lo que debemos enseñar a nuestros hijos.
Que su nombre vale.
Que su palabra vale.
Que la confianza de los demás se construye con muchos actos correctos y puede perderse con uno solo.
También debemos entender que educar con valores no garantiza que una persona jamás cometerá un error. Cada individuo toma sus propias decisiones al crecer y enfrenta circunstancias que los padres no pueden controlar completamente.
Pero una educación basada en la honradez puede darle herramientas, límites y principios para tomar mejores decisiones y comprender las consecuencias de sus actos.
Por eso, no dejemos pasar aquello que sabemos que debemos corregir.
La primera vez puede parecer pequeña.
Pero las pequeñas decisiones repetidas terminan formando hábitos, y los hábitos pueden convertirse en una manera de vivir.
Enseñemos a nuestros niños que no necesitan tener lo que pertenece a otros para sentirse importantes.
Que la ambición sin límites puede llevarlos por caminos equivocados.
Que conseguir algo fácilmente no siempre significa que sea correcto.
Y que hay una satisfacción mucho mayor en obtener las cosas con esfuerzo, trabajo y honestidad.
Educar en la honradez no es educar con miedo.
Es educar con conciencia.
Es enseñar que nadie necesita esconderse para vivir tranquilo.
Que dormir con la conciencia en paz también es una forma de riqueza.
Y que quizá uno de los mayores orgullos de un padre, una madre, un abuelo o un tutor es saber que, cuando nadie esté mirando, ese niño que ayudaron a formar tendrá la capacidad de elegir lo correcto.
Porque los valores que sembramos en la infancia pueden convertirse en los principios que sostengan a una persona durante toda su vida.
La honradez no debe ser una obligación que cumplimos cuando nos conviene.
Debe convertirse en una forma de vivir.
Porque al final, lo que verdaderamente habla de nosotros no es lo que hacemos cuando todos nos miran, sino lo que elegimos hacer cuando nadie podría descubrirlo… ¿no cree usted?