Columna: Con mi Lupa/ Un caballero… sin perder la tradición

Por: Alma Cárdenas

¿La igualdad significa que debemos olvidarnos de los buenos modales y de aquellas tradiciones que durante generaciones hicieron especial la manera de conquistar y tratar a una persona?

Vivimos en una época en la que la igualdad entre hombres y mujeres ha tomado caminos inimaginables. Las mujeres hemos conquistado espacios, derechos y oportunidades que durante mucho tiempo parecían reservados solamente para los hombres.

Y qué bueno que así sea.

La igualdad nos ha permitido avanzar como sociedad y entender que hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades para estudiar, trabajar, decidir sobre nuestra vida y construir nuestro propio camino.

Pero una cosa es la igualdad y otra muy diferente es perder la educación, la cortesía y los detalles.

Porque ser iguales en derechos no significa que tengamos que dejar de ser atentos.

Hoy pareciera que algunas tradiciones han comenzado a considerarse cursis o pasadas de moda.

Una flor.

Un poema.

Una serenata.

Abrir la puerta.

Acompañar a alguien hasta su casa.

Invitar a comer.

Preguntar si llegó bien.

Preparar una sorpresa.

Escribir una carta.

Son detalles que quizá ya no vemos con tanta frecuencia.

Y es una pena.

No porque las mujeres necesitemos que un hombre haga estas cosas por nosotras.

No.

Una mujer puede abrir su propia puerta, pagar su propia comida, comprar sus propias flores y tomar todas las decisiones sobre su vida.

Pero también puede disfrutar que alguien tenga un detalle con ella.

La diferencia está en que la caballerosidad no debe confundirse con superioridad ni con obligación.

Un caballero no es aquel que cree que una mujer no puede hacer las cosas por sí misma.

Es aquel que tiene la educación y la sensibilidad para hacer un gesto amable porque le nace.

Y también debemos decir algo importante: los tiempos han cambiado y las relaciones también.

Hoy una mujer puede invitar a cenar a un hombre.

Puede regalarle flores.

Puede escribirle un poema.

Puede abrirle la puerta.

Puede sorprenderlo con una serenata.

¿Por qué no?

Los detalles no tienen género.

La cortesía tampoco.

Quizá por eso deberíamos dejar de pensar que la tradición pertenece únicamente a los hombres.

Podemos conservarla entre todos.

Porque también los jóvenes necesitan conocer que conquistar a alguien no siempre significa enviar un mensaje con un emoji o reaccionar a una fotografía en redes sociales.

Hubo un tiempo en que alguien se tomaba la molestia de escribir una carta.

De aprenderse una canción.

De comprar flores.

De esperar horas para ver a la persona que quería.

De caminar bajo la lluvia para acompañarla.

De cuidar las palabras porque decir “te quiero” tenía un significado especial.

¿Era cursi?

Tal vez.

Pero también era hermoso.

Y quizá hoy necesitamos recuperar un poco de esa sensibilidad.

No para regresar al pasado ni para imponer roles antiguos, sino para rescatar aquello que tenía valor: la atención, el respeto, la paciencia y el interés genuino por otra persona.

Como madres y padres también tenemos una responsabilidad.

Debemos enseñarles a nuestros hijos que ser un caballero no significa ser menos hombre.

Que tratar bien a una mujer no significa considerarla débil.

Que ser atento no quita masculinidad.

Y también debemos enseñarles a nuestras hijas que recibir un detalle no las hace dependientes, ni aceptar una invitación significa perder su independencia.

Lo importante es que exista respeto y libertad para ambos.

Un joven puede abrirle la puerta a una chica y ella puede agradecerlo sin sentir que está renunciando a sus derechos.

Una chica puede invitar a cenar a un joven y él puede aceptarlo con naturalidad.

Dos personas pueden turnarse para pagar.

Pueden regalarse flores mutuamente.

Pueden sorprenderse.

Pueden cuidarse.

Porque la tradición puede evolucionar sin desaparecer.

No debemos conservar aquellas costumbres que imponían desigualdad o limitaban la libertad de alguien.

Pero sí podemos conservar las que nos enseñaban a ser considerados.

Porque entre tanta tecnología, mensajes instantáneos y relaciones que muchas veces comienzan y terminan detrás de una pantalla, quizá una flor vuelva a tener un significado especial.

Una carta escrita a mano puede emocionar.

Una serenata puede arrancar una sonrisa.

Una puerta abierta puede recordar que todavía existen los buenos modales.

Una comida invitada con cariño puede convertirse en un hermoso recuerdo.

Y un simple “avísame cuando llegues” puede decir mucho más que cientos de palabras.

No dejemos que la modernidad nos haga olvidar la ternura.

No permitamos que llamar “cursi” a todo aquello que implica sensibilidad termine convirtiéndonos en personas incapaces de expresar nuestros sentimientos.

Porque ser moderno no significa ser frío.

Ser independiente no significa rechazar todo gesto de atención.

Y defender la igualdad no significa eliminar la caballerosidad.

Que nuestros hijos aprendan a ser hombres respetuosos, atentos y caballerosos, pero que también nuestras hijas aprendan a valorar esos detalles y, por qué no, a tenerlos con ellos. La igualdad no tiene por qué acabar con las buenas costumbres; podemos avanzar sin perder la esencia de aquello que nos hacía sentir especiales. Quizá una flor, una puerta abierta, un poema o una serenata no sean cosas cursis… quizá simplemente sean pequeños recordatorios de que todavía sabemos querer bonito, ¿no cree usted?

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