Por: Alma Cárdenas
Nos han enseñado que debemos ser tolerantes.
Tolerar las diferencias, escuchar opiniones distintas, comprender que no todos pensamos igual y aceptar que cada persona tiene su propia manera de ver la vida.
Y qué bueno que así sea.
La tolerancia es necesaria para convivir.
Nos permite relacionarnos con personas que tienen otras costumbres, otras ideas, otra personalidad y hasta otra manera de enfrentar los problemas.
Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Hasta dónde debemos ser tolerantes?
Porque una cosa es aceptar que alguien piensa diferente y otra muy distinta permitir que nos lastime.
Una cosa es comprender un error y otra acostumbrarnos a que alguien lo repita una y otra vez sin asumir ninguna responsabilidad.
Una cosa es tener paciencia y otra permitir que abusen de nuestra paciencia.
A veces confundimos ser buenas personas con aguantarlo todo.
Decimos:
“Así es él.”
“Así es ella.”
“Hay que entenderlo.”
“Está pasando por un mal momento.”
“Mejor no digo nada para evitar problemas.”
Y vamos justificando una conducta detrás de otra.
Hasta que un día descubrimos que, tratando de mantener la paz, hemos perdido nuestra propia tranquilidad.
La tolerancia no debería exigirnos renunciar a nuestra dignidad.
Podemos comprender que alguien esté enojado sin permitir que nos insulte.
Podemos entender que una persona esté atravesando un momento difícil sin aceptar que descargue constantemente su frustración sobre nosotros.
Podemos respetar una opinión diferente sin permitir que nos humillen por pensar distinto.
Podemos perdonar y, al mismo tiempo, establecer distancia.
Porque perdonar no significa necesariamente permitir que alguien vuelva a hacernos daño.
Hay personas que utilizan nuestra tolerancia como una puerta abierta para continuar cruzando límites.
Y cuando nunca decimos nada, pueden interpretar nuestro silencio como permiso.
Por eso los límites son tan importantes.
Decir “esto no me parece correcto” no significa ser intolerante.
Decir “no permito que me hables de esa manera” no significa ser una persona conflictiva.
Decir “hasta aquí llego” no significa que hayamos dejado de querer.
Significa que también hemos aprendido a querernos.
La vida nos enseña que no podemos controlar lo que los demás hacen, pero sí podemos decidir qué estamos dispuestos a aceptar.
Y esa decisión cambia con cada persona y cada circunstancia.
Hay situaciones que pueden hablarse y solucionarse.
Hay errores que merecen una segunda oportunidad.
Hay diferencias que pueden resolverse con diálogo.
Pero también existen comportamientos que no debemos normalizar.
La violencia.
La humillación.
El maltrato.
La manipulación.
Las amenazas.
El abuso.
La falta constante de respeto.
Ante estas situaciones, tolerar no siempre es una virtud.
A veces, lo más sano es poner distancia y buscar apoyo.
Y esto también aplica dentro de la familia.
¿Cuántas veces escuchamos que debemos soportar ciertas actitudes simplemente porque se trata de un hermano, un hijo, una pareja o cualquier otro familiar?
La familia es importante, pero el parentesco no convierte el maltrato en algo aceptable.
Amar a alguien no significa permitirle destruir nuestra tranquilidad.
Y tampoco significa que tengamos que responder con odio.
Podemos poner límites sin convertirnos en aquello que estamos rechazando.
Podemos decir “no” sin gritar.
Podemos alejarnos sin hacer daño.
Podemos defendernos sin humillar.
Porque establecer límites también requiere madurez.
A veces creemos que para demostrar carácter tenemos que enfrentarnos con todos.
Y no.
Hay ocasiones en las que la mejor respuesta es retirarnos.
No entrar en una discusión.
No responder a una provocación.
No explicar una y otra vez lo que ya hemos dicho.
Simplemente reconocer que esa relación, conversación o situación está afectando nuestra paz y tomar una decisión.
También debemos ser tolerantes con nosotros mismos.
No exigirnos ser pacientes todo el tiempo.
No castigarnos por equivocarnos.
No pensar que tenemos que soportar todo porque somos fuertes.
Las personas fuertes también se cansan.
También lloran.
También necesitan ayuda.
También tienen derecho a decir:
“Esto ya me está haciendo daño.”
La tolerancia debe ir acompañada de respeto.
Respeto hacia los demás, pero también hacia nosotros mismos.
Porque cuando la tolerancia solamente funciona en una dirección, deja de ser convivencia y comienza a convertirse en sacrificio.
Y nadie debería pasar toda su vida sacrificando su bienestar para que los demás estén cómodos.
Aprendamos a distinguir entre aceptar una diferencia y aceptar una agresión.
Entre comprender y justificar.
Entre perdonar y permitir.
Entre tener paciencia y vivir soportando.
Quizá la pregunta no sea solamente hasta dónde debemos ser tolerantes.
Quizá también deberíamos preguntarnos:
¿Hasta dónde estamos dispuestos a dejar de ser nosotros mismos para evitar que alguien se moleste?
Porque ser tolerante es una virtud cuando nos ayuda a convivir.
Pero cuando nos obliga a callar ante el abuso, a soportar el desprecio o a renunciar a nuestra dignidad, necesitamos detenernos y establecer un límite.
La verdadera tolerancia no consiste en permitirlo todo.
Consiste en saber convivir con las diferencias sin perder el respeto por los demás ni por nosotros mismos.
Y quizá aprender a decir “hasta aquí”, en el momento correcto, sea también una de las formas más importantes de cuidar nuestra vida… ¿no cree usted?