SEPTIEMBRE 11 del 2001 quedó marcado en la historia contemporánea como uno de los acontecimientos que transformaron la manera en que el mundo entendía el terrorismo. Más allá de las imágenes de las Torres Gemelas en llamas, de la destrucción y de las miles de vidas perdidas, aquel día dejó una pregunta que continúa vigente: ¿qué ocurre cuando la violencia contra civiles se utiliza deliberadamente para enviar un mensaje político?
TERRORISMO busca precisamente eso: provocar miedo más allá de sus víctimas directas y utilizar ese miedo como instrumento de presión. Su objetivo no se limita al daño físico. Pretende alterar conductas, intimidar sociedades y, en determinados casos, obligar a gobiernos a responder ante demandas políticas, ideológicas o religiosas.
SIN embargo, hablar de terrorismo no es sencillo. La palabra tiene una enorme carga política y emocional. A lo largo de la historia, gobiernos y organizaciones han utilizado el término para describir a sus adversarios, mientras que quienes son señalados como terroristas suelen rechazar esa denominación y presentar sus acciones bajo conceptos como resistencia, lucha política o liberación.
PRECISAMENTE por eso resulta necesario separar dos discusiones: una cosa es analizar las causas, conflictos o reclamos que existen detrás de un movimiento, y otra muy distinta es justificar la violencia deliberada contra población civil.
SEPTIEMBRE 11 obliga a recordar esa diferencia. Las circunstancias políticas que precedieron a los atentados pueden y deben ser estudiadas. También deben analizarse las decisiones de los gobiernos posteriores, las guerras emprendidas en nombre de la seguridad y las consecuencias que esas políticas tuvieron dentro y fuera de sus fronteras. Pero comprender un contexto no significa justificar el asesinato de personas inocentes.
TERRORISMO también plantea un problema de lenguaje. ¿Quién decide cuándo una acción es terrorismo? ¿Debe importar la ideología de quien la comete? ¿Existe alguna circunstancia que convierta la violencia contra civiles en legítima?
SON preguntas incómodas, pero necesarias. Una sociedad que utiliza la palabra “terrorismo” de manera indiscriminada corre el riesgo de convertirla en una herramienta de propaganda. Pero una sociedad que evita llamar terrorismo a la violencia dirigida deliberadamente contra civiles también puede terminar relativizando hechos que merecen una condena clara.
A 25 AÑOS del 11 de septiembre, la memoria no debería reducirse a una fecha, una fotografía o una ceremonia. Recordar también significa comprender. Significa estudiar cómo el miedo puede convertirse en una herramienta política, cómo las sociedades reaccionan ante él y cómo, en nombre de combatirlo, los gobiernos pueden tomar decisiones que transforman durante décadas la vida de millones de personas.
PORQUE el verdadero desafío sigue siendo encontrar un equilibrio: combatir el terrorismo sin convertir el miedo en una excusa para abandonar los principios que se pretende defender.
SI el terrorismo busca utilizar el miedo para cambiar una sociedad, la respuesta más profunda no consiste solamente en derrotar a quienes recurren a la violencia. También consiste en impedir que el miedo determine quiénes queremos ser.